Mala puntería.- Un cuento de la revolución mexicana


Cuento de  Rodolfo Calderón Vivar, egresado de la facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

Por Rodolfo Calderón Vivar

El día está soleado y calienta. a las diez de la mañana, los corredores de la alameda de Santa Rosa. Junto a la estación de tren se divisa la tienda de campaña polvorienta en donde los hombres del quinto regimiento de caballería se acomiden a poner orden en la larga hilera de indios con calzón de manta que aguardan un lugar en las listas para irse de soldados. Un capitán de figura malhecha, con cara prieta y panza rebosante, ordena a gritos que nadie altere la fila, que respeten el orden, que no sean hijos de la chingada.
El paso de Anastacio es cansino. Joaquín, el muchacho, lo espera en lo alto de los rieles. Susurran los eucaliptos del parque y las risas de los sardos acompasan la rutinaria quietud de un pueblo yerto. Acaso una mujer, cubierta con un rebozo gris, se asoma por la  puerta de uno de los vagones del tren, agarrada de los tubos oxidados de la barandilla que resguarda la escalinata de metal. Otras mujeres están adentro del vagón. Son las soldaderas. Ellas ya están listas desde muy temprano. Sus manos ajadas y prestas repartieron el desayuno preparado en fogones calientacomales que armaron en los bordes de la Alameda. Son las que primero se suben al tren con sus hijos, junto con comales, trasterío de cocina y trapos amarrados en cajas maltrechas. Ellas son siempre la retaguardia, las que primero suben al tren, pero las últimas en esperar, al pie de los  vagones,  el retorno de sus maridos después  de una batalla. Las que logran ver de nuevo a su marido, se desprenden de la fila, corriendo, para alcanzarlo. Las que ya no ven a su hombre, o alguien les avisa que su viejo se quedó allá en el campo de batalla, se derrumban, de rodillas, un rato, emitiendo un quejido lastimero que cala el aire.

Todo el convoy de fierro está a la espera de que los nuevos miembros del regimiento suban con los otros soldados, en el techo del tren, mientras los caballos se apretujan dentro de los vagones.

-Tu nombre, hijo’e puta, dice el capitán regordete.
-Joaquín Mendoza- contesta el muchacho. Atrás de él, su viejo padre apretuja el sombrero de palma y ve el desparpajo del militar que se rasca un cachete mal rasurado. Tiene ojos de temazate, piensa el viejo. El lenguaje brusco del gordo no le incomoda porque éste tiene una sonrisa tolerante. Atrás de una mesa de pino, otro soldado aguarda para escribir o no el nombre del nuevo alistado. Pocos son rechazados. No hay de otra. El general Guadalupe Sánchez tiene que llevar muchos hombres a México para justificar el por qué es la mera ley en el estado de Veracruz. No importa que muchos de los nuevos no sepan montar, ya aprenderán en los primeros corrales de las garitas de la capital, donde van a acampar al otro día.

-Tás muy joven, mijo. Pero ya qué. ¿Qué edad tienes, cabrón?

Catorce años. Pero se hacer de todo. Trabajé en los telares – Le contesta, sin mencionar que trabajó ahí hasta que descubrieron que se robaba unas camisas, ocultadas bajo su chaqueta, para su mala suerte. Ni mencionó que le habían dado 30 días encierro, de ida y vuelta, en la cárcel del pueblo. Estaba desempleado, con necesidad de conseguir dinero para seguir viviendo junto con su padre. Alguien le dijo que los de la leva pagaban con oro. A cambio, tenía que irse a la revolución.

-Voy tú, voy tú. Aquí no hacemos telas para señoritas. Pero si te apuras, ya estarás destripando villistas. ¡Apúntalo, Gatica!  Luego, muchachito, vete al cabuz del tren. Ahí te van a dar uniforme y cachucha…¡El que sigue!.

Su nombre queda registrado en la lista. Voltea entonces a ver a su padre, quien con su  rostro viejo,  casi sin  arrugas, no podía ocultar,  cierta desazón. Se ve pequeño y contrasta con los muchachos de la fila.

– ¿Y tú qué, viejo? – espeta el capitán mofletudo.

-Yo también quiero irme con ustedes – Anastacio Mendoza  tiene casi ochenta años, es un indio de la sierra  oaxaqueña, que dos años antes bajó con su parentela, diez hijos y sin mujer, para encontrar trabajo en Santa Rosa, donde la fábrica de telas, engullía y vomitaban diariamente a cientos de obreros, en turnos cíclicos marcados por el silbato de entrada y salida de sus tres turnos.

– Mis huevos, viejito. ¿A poco sabes lo que es la guerra? Te veo medio pendejo.

– Se disparar muy bien, señor. Tengo buena puntería.

-Si, pero no. Hazte un lado, viejito. No chupes la sangre.

– Es que tengo que ir. Quiero acompañar a mi muchacho – lo señala y el capitán ve al jovenzuelo que aún no camina en busca de su uniforme. Está a la espera de acepten a su padre. El gordo se conduele un poco y le hace al taimado.
– Está bien, está bien. A ver, Quiñones. Dale un máuser al viejo y que nos pruebe su   buena puntería.

El soldado entrega su máuser a Anastacio Mendoza y como lo ve titubear un poco se le acerca y le dice: “¿de veras sabes usar el rifle, abuelo?”

“Bueno, tiraba yo con mosquetón, pero no se parece a éste”, contesta y entonces Quiñones se lo prepara jalando el cerrojo.

El capitán Anaya, avispado y burlón, observa la maña de su soldado para ayudar al anciano. Lo deja hacer. Joaquín ve como su padre ya está en posición. Era cazador allá en Ixtepec, a un lado de Huajapan de León, y traía uno o dos conejos por semana, que se fueron escaseando al paso de los años que se le cargaron en la espalda. Entonces el hambre también entró por la puerta del jacal donde vivían y la primera en morir fue su madre. No tenían mas que tortillas duras y resecas que colgaban en lo alto del fogón y que él, junto con otro de sus hermanos, se robaban a escondidas, por las noches, para calmar la ansiedad de sus barrigas. Anastacio Mendoza tuvo diez hijos, ocho hombres y dos mujeres, las mayores. Una vez muerta Filomena, su esposa, emprendió la caminata con todos ellos rumbo a Santa Rosa, cruzando veredas y barrancas cubiertas de musgo y bosques anieblados. Pidieron limosna y comida en las rancherías del camino y tres días después , desde lo alto del cerro de Necoxtla, pudieron contemplar la paulatina visión extendida del pueblo de Santa Rosa. Era el año 1911 y supo que había una revolución, porque en los siguientes años siete de sus hijos se desperdigaron, unos con los zapatistas, otros con los obregonistas, para no verlos jamás. Quedó Joaquín, el más chico porque las dos muchachas, Eleuteria y Rosalía , también se fueron con soldados.

– Apúntale a esa piedra, viejito – señala el capitán mientras con un chiflido y un ademán avisa a   un lechero montado en burro, para que se quite  de enfrente,  junto al paredón oriental de la estación del ferrocarril, pues está justo a un lado de la piedra indicada.

El sonido del disparo es como un trueno reventado muy cerca de los oídos de los hombres de la fila de alistamiento. Ellos ven como Anastacio   recibe el impulso de la patada del máuser que lo tira de espaldas. Joaquín corre a levantarlo. La carcajada es casi generalizada. El capitán, sin reirse, se acerca a ellos. Levanta el máuser y contempla la piedra intacta, allá a lo lejos.

-Pa’su mecha. Ni le pasaste cerquita. Creo que no te vas con nosotros.    Te vas a estar cayendo en cada tiro. Estás muy viejo – dijo el capitán tocando el hombro de Anastacio, ahora sentado, junto a su hijo que le extiende la mano para que se incorpore lentamente. Tiene el corazón apretujado y un ardor de vergüenza en las mejillas.

-Yo quería ir contigo, Joaquín, pero no se pudo – Le dice al muchacho mientras busca su sombrero.

-Vuelvo en un año, apá.

El viejo se quedó sentado en uno los sillones del corredor de la estación. Pasaron dos horas. Vio encaramarse a los soldados en el techo de los vagones. Después una escolta de oficiales se cuadró frente a un hombre erguido y distante, que supuso era el general Guadalupe Sánchez, que pasó muy cerca de él, y por uno segundos volteó a verlo, con  ojos de tigrillo viejo. El general y su comitiva de oficiales subieron al único vagón de pasajeros del tren. Un jalón de metales encadenados  que se extendió en toda la fila de carros, precedió al acompasado bufido de la máquina que se llevaba al último hijo que le quedaba. Alzó su mano para despedirse de un puñado de soldados morenos, sin distinguir si su hijo iba en esa bola. No veía ya lo suficiente para diferenciar, a la distancia, los rostros de la gente. Por eso había fallado, pensó. El ferrocarril fue emitiendo varios silbatazos lastimeros que cobijaron lentamente al  pueblo. Después, solo quedó un eco que iba y venía del ruido del avance de las ruedas sobre los rieles. Anastacio Mendoza permaneció ahí otro rato;  era mediodía, de todas maneras a nadie le importaba si se iba o se quedaba en el sillón de la estación. Cuando se levantó y caminó hacia la alameda, tampoco tenían rumbo fijo sus pasos.

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10 comentarios en “Mala puntería.- Un cuento de la revolución mexicana

  1. Mi buen Rodolfo,
    La idea es magnífica, esa asociación padre-hijo siempre da buenos resultados en la narrativa.No obstante, como ejercicico, yo hubiera dejado el final abierto,hubiera dejado al lector la incertidumbre de si el padre vive o muere.
    Pero en fin, tú sabrás,yo nomás opino.
    Un abrazo a distancia,
    Adolfo.

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    1. Hola, Adolfo:

      Gracias por la observación. Me ganó la historia real. Pero puede que tengas razón. Ahora aparece el cuento sin el último párrafo.
      Saludos desde Xalapa.

      Por cierto. Te comento. Hay noticias encontradas ahora en Veracruz respecto al secuestro de nuestra compañera, Ana Cristina Pèlaez. Sin embargo, otra versión periodística que fue su mamá y no ella la secuestrada, lo cual de todas maneras tambièn es lamentable.

      Esperemos se aclaren los asuntos…

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  2. hola que pena molestarte me podrías hacer un favor es que tengo la tarea de buscar un cuento sobre la revolución mexicana y adjuntarle una breve biografía de su autor, me pareció que tu cuento representa bien esta revolución pero vi que no hay biografías tuyas en la web, sería mucha molestia si me dijeras donde puedo encontrar tu biografía o algo que se le parezca ? gracias :3

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    1. Biografía en la Universidad Veracruzana, donde laboro:
      http://www.uv.mx/personal/rcalderon/author/rcalderon/

      No es molestia. Es sorpresa. En breves palabras te podria decir que soy originario de Córdoba, Veracruz (MEXICO). Ahí nací en el año de 1955. A los quince años publicaba textos en el Mundo de Córdoba y Orizaba. Estudié Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana, de 1974 a 1977. He laborado como reportero en Grafico de Xalapa y Sol de Veracruz, asi como mis primeras publicaciones de cuentos y poemas las hice, bajo el auspicio de Othón Arróniz, en un suplemento cultural de uno de los Diarios El Mundo, específicamente el de Ya Mundo Veracruzano de Xalapa (ya desaparecido). También he sido columnista invitado en Punto y Aparte de Xalapa y en LA POLITICA, también de Xalapa. Durante un año fui director ejecutivo de EL MUNDO DE CORDOBA, en 1985. En Xalapa, Raúl Hernández Viveros ha publicado algunos de mis cuentos en su revista Cultura Veracruzana, y otros de mis textos los publico en mi blog: El pensador Cibernético sito en: http://rodolfocalderonvivar.wordpress.com

      He escrito aproximadamente 50 cuentos y 30 poemas, y tengo una novela inconclusa. No me he dedicado de lleno a escribir y tengo, en ese sentido, un pendiente. Gracias por tu atención…

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  3. Hola,
    Me gustó mucho el cuento, me gusta el lenguaje empleado, ya que se utiliza el lenguaje obseno como algo normal, no como demás autores que censuran a palabras quitandole credulidad a la historia.
    Tambien me gusta saber que hay autores mexicanos que se desempeñan por hacer que conozcan historia que en la escuela no se nos menciona.
    Muy buen trabajo, es interesante el cuebto y no te aburre, te va adentrando y t deja “picado” en el.
    También me gustaría ser autor, de hecho he escrito unos 15 poemos, no tan largos, de extención de 1 cuartilla a lo mucho, tengo mucha creatidad y casi siempre tengo ideas para ponerme a escribirlas, Me podrías decir algunos consejos?

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    1. Me resulta difícil el poder darte un consejo. Te recomiendo lo que al respecto de la hechura de los cuentos dice Edgar Allan Poe, uno de mis autores favoritos, y que puedes leer en este enlace: http://www.ciudadseva.com/textos/teoria/opin/poe01.htm

      Yo sigo, en gran parte, el método que propone, adaptado a mi estilo de recuperar vivencias al grado tal que se conviertan en escenas descritas que lleven a un final que deja pendientes las escenas que siguen y que no acabo de escribir, porque yo mismo estoy en duda de como terminaría el cuento. Es un suspenso que dejo a la imaginación de los lectores…
      Si ya tienes poemas escritos, entonces ya eres un autor. Solo falta publicarlos.

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  4. Don Rodolfo, leyendo el cuento encontré una similitud a su narrativa con la de Ambrose Bierce, al desarrollar todo el conjunto de sucesos de este inspirador escrito: conflicto armado, diferencias sociales, y el problema existencial de todo padre….el de la protección de los hijos ….queda el dejo de saber perdido al hijo de Anastasio Mendoza, personaje central del cuento y con quien concluye a manera de proyección el hecho de saber que en la vida el hombre empieza solo y termina solo., solo el destino incierto puede crear una realidad de muerte compartida, pero en este caso en particular la partida en tren ilustra que no hay boleto de regreso en ese viaje para el hijo que desde ese momento es ya un ausente de la vida de Anastasio. El cuento de del autor descrito es “Cuento de Soldados y civiles”. Un saludo colega y vengan muchos cuentos mas!

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    1. Gracias por el comentario, colega. Esperemos que haya más cuentos en los días venideros. Aproveché para buscar en internet algunos textos de ese libro de cuentos de Bierce. Pueden leerse en este enlace: http://elespejogotico.blogspot.mx/2012/06/cuentos-de-soldados-y-civiles-bierce.html. De hecho, según la introducción del recopilador, la libro de cuentos “Cuentos de soldados y civiles (Tales of Soldiers and Civilians) está ubicado dentro del género de horror gótico, por las espeluznantes descripciones de las batallas y otras consecuencias siniestras de la guerra, en este caso la civil norteamericana, en la que Ambrose participó alguna vez como soldado.

      Claro está que Bierce es un maestro de la narrativa altamente detallista de los ambientes horripilantes de una guerra como la norteamericana y un hábil observador de las reacciones diversas de sus personajes que se ven envueltos en las tramas densas y altamente dramáticas del contexto de guerra que presenta.

      Me llama la atención si, algunas similitudes en cuanto a las fuentes de estilo e inspiración, entre el autor norteamericano y yo, ya que a Bierce se le reconoce la influencia de Poe en el desarrollo de sus cuentos, y yo de alguna manera he sido siempre admirador del mismo autor. En cuanto a la inspiración, mi cuento proviene precisamente de las historias de guerra que mi abuelo, Sabino Calderón, me contaba sobre sus andanzas en la revolución mexicana, durante los años de 1914 hasta 1918. Paradójicamente, el escritor norteamericano de que hablamos se pierde, y no se vuelve a saber de él, en el ámbito de la revolución mexicana, en donde realizaba actividades de periodista. La desaparición de Bierce, posiblemente ultimado y sepultado anónimamente en algún pedazo de tierra mexicana, sigue siendo un misterio para sus biógrafos…
      Te agradezco que me compares con Bierce, lo cual es muy generoso de tu parte, aunque reconozco que el estilo del escritor “gringo viejo”, como le puso Carlos Fuentes en su breve novela sobre el malogrado escritor norteamericano, es mucho más lleno de cualidades literarias que mi pequeño cuento. Coloco aquí un elace a un cuento de Ambrose, que forma parte del libro que mencionaste, en el cual se aprecia su gran talento como narrador. El cuento se llama “Uno de los desaparecidos”

      Por cierto, a propósito de la desaparición misteriosa de Ambrose Bierce, te comparto esta narración radiofónica que alude el suceso…

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