La dictadura perfecta: Sueño eterno en París…


Por Irene Arceo Muñiz

Por Irene Arceo, egresada de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana
Por Irene Arceo Muñiz, egresada de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

Admiración y nostalgia, es lo que causa  la tumba del general Porfirio Díaz en e l cementerio de Montparnasse, Paris, mientras  uno  recorre con la vista o atisba al interior de  la elegante  y sobria   cripta estilo neoclásica donde  se llega caminando  suavemente por los arbolados senderos  del  cementerio parisino. Ahí está, en la 15a. división de la Avenida Oeste del cementerio-, entre príncipes, poetas,  filósofos y escritores, la   alta y angosta capilla de cantera   en forma ojival   que  luce  en el frontispicio  el   cargo y  el nombre “General Porfirio Díaz”, rodeado de un alto relieve del escudo nacional mexicano.

La tumba más mexicana de Montparnasse  del  hombre que gobernó a México durante cerca   de 35 años,  (de 1877 a 1911) siempre   tiene ramos de rosas o tulipanes   insertados en su herrería. A través de  sus nebulosos cristales se observa, junto a la bandera de México con el águila imperial,  un retrato ecuestre del general, una imagen de la Virgen de Guadalupe y otra más  de la Soledad. Sobre el piso de la cripta colocaron una vasija con tierra de Oaxaca y yace una calaverita de azúcar con el nombre “Porfirio”.  Afuera, en la banqueta de la puerta, hay  macetas de violetas.  Al atardecer, impactantes  cuervos negros  se posan  en las  antiguas sepulturas.

tumba diazSe sabe que  Don Porfirio fue sepultado originalmente en la iglesia de Saint Honoré d’Eylau —ubicada no muy lejos de su lugar de residencia en París— y  fue en 1921 cuando sus restos fueron trasladados al cementerio de Montparnasse, lugar donde también están enterradas Charles Baudelaire,  Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir ,  Julio Cortázar, entre muchos notables.

Don Porfirio se fue a Paris, tras el triunfo de la revolución maderista. Presentó su renuncia a la Presidencia de la República, el 25 de mayo de 1911, y entonces decidió pasar sus últimos años en la capital francesa para su exilio, donde finalmente murió el 2 de julio de 1915, sin regresar jamás a su querida Oaxaca donde nació el 15 de septiembre  de 1830.

En los archivos de la Prefectura de Policía de París,  un expediente  sobre  el general Díaz ordenado  por  el gobierno francés  señalaba que al arribar a París, Porfirio Díaz efectuó una visita de cortesía al presidente de Francia, Armand Fallières, y que éste devolvió el mismo día la atención, acudiendo al domicilio del general.

con cientificosEl 20 de julio de 1911, El diario Le Nouveau Monde consignó   que,  al poco tiempo de haber llegado a París, don Porfirio Díaz , acompañado por  algunos amigos íntimos, entre ellos Guillermo de Landa y Escandón, realizó una  la visita protocolaria    al Museo del Ejército, ubicado en el Hotel de los Inválidos ( Les Invalides) donde está el monumental sepulcro de Napoleón I. Ahí, el general Niox, gobernador del museo, condujo a Díaz por las galerías, para  mostrarle  los objetos históricos custodiados y  al llegar frente a la vitrina que guarda la espada de mando de Bonaparte, la extrajo y se la presentó al mexicano, diciéndole: “En ningunas manos estaría mejor que en las de Vuestra Excelencia”. Luego, al finalizar la visita, le fue ofrecido el Libro de Oro del Museo, en donde Díaz estampó su firma  con letra temblorosa. Esta escena fue captada por un fotógrafo en aquel año de 1911 y en ella aparece don Porfirio sentado frente a una gran mesa, en actitud de escribir, y a sus espaldas el general Niox y el resto de los acompañantes mexicanos.

avenida-fochA diferencia de su lujosa vida en México, Porfirio Díaz tuvo una estancia más bien discreta y solitaria  en París, ciudad en la que vivió exiliado los últimos cuatro años de su vida. Residía  con su   esposa y   dos sirvientas oaxaqueñas en un departamento ubicado  en  la  lujosa Avenida del Bosque número 26, hoy conocida como Avenida Foch ubicada en  un barrio elegante de  las inmediaciones del Arco del Triunfo ,y por esos rumbos  vivían también  otros ex colaboradores  mexicanos exiliados.

Explica  José Manuel Villalpando,  Director general del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México en su artículo  Titulado “ El exilio perpetuo de don Porfirio” que mientras  José Yves Limantour, su  ex secretario de Hacienda,  vivía  en una fastuosa mansión en Paris  y se daba la gran vida social, Porfirio Díaz se sostenía con los dividendos de sus acciones del Banco de Londres y  México, puesto que su sueldo de General de División lo donó para premiar a los alumnos distinguidos del Colegio Militar”.

2porfirio-1Otras fuentes aseguran que   estando en París,  Porfirio Díaz,  conservaba la casa de Cadena en  la ciudad de México, pero vendió  una propiedad que tenía cerca de Acayucan, en Veracruz, al lado de las tierras que Tomasa Valdez mandaba labrar. Era esa la riqueza en la que pensó Lord Cowdray cuando escribió en 1914 a Walter Page, embajador de los Estados Unidos en Inglaterra, para comunicarle que calculaba los ahorros de Díaz en alrededor de 400 000 pesos  y que consideraba una calumnia sugerir que don Porfirio se había llevado con él una gran fortuna.

Durante su   estancia en París, Díaz  aprovechó para viajar  por Alemania, España, Austria, Suiza y recorrió la costa norte de Francia. Pero la edad y el desgaste físico lo fueron aislando, por lo que al final sólo podía salir a pasear a los Campos Elíseos o al Bosque de Bologna,  muy cercanos a su piso  parisino y con remembranzas  del entrañable  Bosque de Chapultepec en la ciudad de México.  También  asistía confrecuencia a la Iglesia de Saint Honoré,  acompañado de su esposa Carmelita.   A la hora de su muerte, en este templo fue sepultado su cuerpo embalsamado, hasta que su viuda decidió trasladarlo a Montparnasse, convencida de que le sería imposible llevarlo a su patria, donde habría deseado  reposar eternamente.

ALIENTO DE MODERNIDAD Y OBRA PÚBLICA  MONUMENTAL Y BELLA

Figura prominente de la historia de México, que solía decir:  decía “Obras son amores”,  y en  1908 grabó su voz  para contestar  una carta a Thomas Alva Edison, en la que  le pondera  todas las potencialidades de su invectiva y talento, Don Porfirio, odiado por muchos, amado por otros, a 108 años de su muerte,  hay quien sigue  recordando  el legado  de la influencia europea  que dejó en su   impresionante obra pública en  la nación   mexicana.

Maquina porfirianaEl historiador y arquitecto Xavier Guzmán Urbiola, investigador  y ex director de Arquitectura y del Museo Nacional de Arquitectura del INBA, menciona que Porfirio Díaz  otorgó al   mapa  urbano  un aliento de modernidad.  Prueba de ello es  la monumental   obra pública porfiriana  con excepcionales   y bellas proezas arquitectónicas y tecnológicas, tanto en la ciudad de México como son   el Palacio de Bellas Artes,  la Columna de la Independencia y el Palacio Postal  o  Edificio de Correos; como en el  en el interior de la República, con la modernización de los  emblemáticos puertos de Veracruz para lo que   contrata a  Lord Cowdray para construir el rompeolas y la aduana marítima, las bodegas, los muelles; así  como la construcción del dique seco en Salina Cruz,  en Oaxaca,  y en  Tampico, Tamaulipas.  Asimismo,  durante su  mandato se construye  el tren transísmico que  permite comunicar  a ambos océanos y que  catapulta todo un crecimiento económico y el  intercambio comercial.

En el claroscuro del Porfiriato hay  datos interesantes: durante el gobierno del presidente Díaz se construyeron 20,000 km. de vías férreas; la red telegráfica comunicó al país; llegaron a México grandes inversiones extranjeras y la industria nacional creció. En materia económica, el gobierno de Díaz también sufrió crisis y devaluaciones, sin embargo, José Yves  Limantour, su ministro de Finanzas aplicó severas medidas para contar, al terminar el año fiscal de 1895, con un superávit en el presupuesto. El gobierno de don Porfirio destinó a la educación superior bastante dinero, en detrimento de la educación popular, de tal manera que al concluir su gestión el 80% de la población era analfabeta. En cuanto a su política de colonización, ésta benefició a las compañías extranjeras y a los latifundistas nacionales. En materia  laboral, las condiciones de los trabajadores mexicanos  eran miserables; a pesar del crecimiento de la productividad, los salarios oscilaban entre los 17 centavos a los $2.50 diarios como máximo. Generalmente, el salario se pagaba en especie y no en efectivo, usándose también los vales para que éstos fueran canjeados en las “tiendas de raya”.

Salida del general Porfirio Díaz al exilio, 31 de mayo de 1911.Casi cuatro décadas  en el poder y tener que renunciar  a ello debió haber sido  muy doloroso.  A sus soledades y a su decadencia se sumaba  el recuerdo de los   periódicos que   anunciaron su renuncia a la Presidencia de la República  en su nota principal   ese  24 de mayo de 1911 ,  ante el triunfo de la Revolución Maderista y  supo  con agrio gesto como  la gente se conglomeró   en torno de la Cámara de Diputados y en   la calle de Cadena para  lanzar piedras e insultar  su imagen de  viejo dictador. También repasaba en su mente los momentos  del día siguiente de su dimisión, con su casa acordonada por el ejército,  cuando entregó la carta de renuncia que leyó el Congreso ese mismo 25 de mayo de 1911. Un día después, Francisco León de la Barra, con su carácter de secretario de Relaciones Exteriores, protestaba ocupar de manera interina la presidencia de la República. Para entonces Díaz había salido ya de la ciudad. De hecho,  su decisión fue tomada pocos días antes del 21 de mayo, con la firma de los tratados de Ciudad Juárez, cuando se convenció de que había fracasado su intento por encabezar él mismo la revolución. Después de la medianoche del 25, sin avisar a nadie, se reunieron en Cadena 8 automóviles para llevarlo con su familia a la estación de San Lázaro. Ya estaban allá los objetos personales del general, entre ellos los ocho baúles que guardaban sus archivos.

EMOTIVO ADIOS EN VERACRUZ

Don Porfirio Díaz, vestido con un traje de casimir claro bajo  el abrigo de lana salió por la noche  con su esposa  Carmelita en el Mercedes. Al pasar por la plaza de Armas,  vio por última vez al iluminado palacio de gobierno. En la estación lo esperaban, junto al resto de su familia, el general Fernando González , el teniente coronel Armando I. Santacruz, el inspector Celso Acosta y el ingeniero Gonzalo Garita. Al cabo de las 4:15 de la madrugada, salió por fin el tren hacia Veracruz.

Al convoy de don Porfirio  se integraron: el coronel Joaquín Chicharro y el general Victoriano Huerta. Dos años después ambos estarían involucrados del modo más carmelitadirecto en el asesinato de  Francisco I. Madero. El tren  inició su descenso hacia la costa bajo el sol de mediodía, entre las cumbres de Maltrata. Durante su trayecto fue asaltado por revolucionarios  cerca de Tepeyahualco. Al llegar a Veracruz en el anochecer, don Porfirio fue recibido por John P. Brody, encargado de la dirección de obras, quien lo condujo a la casa de madera que tenía Lord Cowdray junto al puerto. El general había solicitado ese favor de la comunidad inglesa el día anterior: temía que los propios mexicanos lo recibieran mal en Veracruz donde se embarcaría con destino a Europa.

Después de  cuatro días como huésped de su viejo amigo, el gobernador Teodoro Dehesa, finalmente, el 31 de mayo de 1911, Díaz se embarcó en el barco alemán Ipiranga, propiedad de la Hamburg Amerika Line. Antes de ascender la escalinata de la nave, el dictador dirigió sus últimas palabras a su escolta militar y a la multitud que se había reunido allí para verlo partir.

Crónicas  antiguas  precisan:“(…) y casi al anochecer arribó a la terminal de Veracruz, inaugurada por el mismo Díaz algunos años antes. John P. Brody y su esposa le aguardaban en el andén de la estación con órdenes expresas de su jefe, Weetman Pearson, de atender a Díaz en todo momento y poner a su disposición el mejor chalet para visitas que la compañía Pearson & Son tenía en el puerto, el mismo en el que un año antes se habían alojado Harry y Rosalie Evans. El dictador pasó cinco días más en el puerto (…)”

“Durante los días que estuvo en el Puerto de Veracruz fue objeto de múltiples muestras de respeto y atenciones muy delicadas. Una comisión del Ayuntamiento de Veracruz integrada por los regidores licenciado Guillermo Cabrera, Fernando Silíceo, Natalio Bibarri, Ricardo Velasco y el secretario de la corporación, señor José Luis Prado, fue a visitar y saludar al general Díaz. El comandante militar de la plaza, general Joaquín Mass, presentó a la comisión de concejales.

El regidor Siliceo le dirigió cordiales y emocionadas palabras y afirmó que estaba seguro de que el pueblo mexicano le devolvería el cariño y el respeto que siempre le había tenido. También fueron  a saludarlo el gobernador don Teodoro A. Dehesa y el alcalde municipal, licenciado don Rafael Alcolea.

articulo41_clip_image013“…Millares de personas desfilaron por las obras del puerto para ver al señor general Díaz, que se encontraba muy mejorado de salud. Numerosas señoritas de la sociedad veracruzana visitaron al ex presidente, llevándole una canastilla de flores, que le fue entregada por una niña. Los cónsules de Francia y Rusia le hicieron una visita y el cónsul americano, señor William Canada sugirió una iniciativa a los demás cónsules radicados en Veracruz para hacer una visita al general Díaz, cosa que hicieron.”

El día 31 de mayo de 1911, a las 5 y media de la tarde, se dirigió el General Díaz con sus acompañantes, en medio de la valla militar que le hacia los honores, hacia el muelle (fiscal, también conocido como el muelle de la T) a que estaba atracado el vapor alemán “Ipiranga”, en que debía emprender el viaje rumbo al Viejo Mundo. Una vez que hubo ascendido por la escalinata del barco, dirigió al pueblo, ahí reunido, las siguientes palabras:

“Veracruzanos: Al abandonar este rincón querido del suelo mexicano, llevo la inmensa satisfacción de haber recibido hospitalidad en este noble pueblo y esto me satisface doblemente porque he sido su representante en el Congreso de la Unión. Al retirarme guardo este recuerdo en lo más íntimo de mi corazón y no se apartará de él mientras yo viva”.

Al terminar esta pequeña alocución resonó el primero de los 21 cañonazos, disparados desde el histórico castillo de San Juan de Ulúa, como un último saludo de gratitud que le enviaba la República y enseguida una banda  entonó la música el Himno Nacional en medio de las más conmovedoras manifestaciones de afecto de los ahí presentes.

206508“El desterrado general Porfirio Díaz no derramó lágrimas hasta que (…) el Ipiranga se alejó de los muelles veracruzanos, construidos por su régimen dentro de un gran plano de ineludibles obras portuarias, que confirmaron a la Puerta de la Historia Mexicana, su tradicional carácter de primer puerto de la Republica. El ex Dictador y toda su familia contemplaron los litorales mexicanos hasta ver perderse en el horizonte la poco elevada isleta de Sacrificios, (…)”

A PARIS, HASTA NUNCA JAMÁS

Carlos Tello Díaz narra en su ensayo “ el Exilio del general Díaz” que el ex mandatario  pasó su primera noche en Europa alojado en la casa que don Eustaquio Escandón tenía en el número 30 de la avenida Victor Hugo. Permaneció con él durante dos semanas. A principios del mes siguiente salió con Carmelita para Suiza. Después viajó a Alemania. En Francia, de regreso, don Porfirio visitó la fábrica de armas de Saint Chaumond, a la que su gobierno solicitó, poco antes de que se generalizara la revolución, diez mil fusiles de sistema reformado. A lo largo de su exilio, Porfirio Díaz  sobrellevó  dos sentimientos encontrados: uno de culpa frente a la situación en México, y otro de desconsuelo por lo que consideraba la ingratitud de sus conciudadanos, pues  Díaz estuvo siempre convencido de que había gobernado por el bien de su país. Eso lo hacía susceptible a cualquier crítica desde que salió de México. En la primavera de 1912 le confiesa  a Federico Gamboa:“Me siento herido. Una parte del país se alzó en armas para derribarme, y la otra se cruzó de brazos para verme caer. Las dos me eran deudoras de una porción de cosas.”

DSC01273Tello considera que para entender la profundidad del desconsuelo de Porfirio Díaz es necesario tener presente la manera en la que gobernó México  durante casi cuatro décadas. En 1909, Don Andrés Molina Enríquez, su mejor intérprete,  consideró  que no fue tanto la noción de patriotismo, de deber, sino el sentimiento de amistad, lo que utilizó Díaz como vínculo para unir a la nación, a pesar de que sus palabras no entrañaron nunca ni promesas, ni reproches, ni confesiones…. Don Porfirio quiso ser amigo de criollos y mestizos, incluso de los indios, los menos favorecidos, tratando de beneficiarlos a todos de algún modo. Les ofreció su apoyo, su amistad, a cambio de “pedirles que cuando la marcha de las cosas por él establecida les causara perjuicios o desagrado, acudieran a él para que pusiera el remedio, si podía, y en caso de no poder, se conformaran, sin acudir a la revolución, so pena de convertirse de amigos suyos en sus enemigos mortales”. O sea: O estaban con él, o en su contra.

Fue tan grande el éxito de su política paternalista ,  que, según Molina Enríquez  cuando un grupo tenía que imponerse sacrificios, a menudo se le oía decir; “esto nos duele, y lo sufrimos sólo porque somos amigos del señor general Díaz” y en esa misma tesitura, el escritor  José López Portillo y Rojas, apunta que  era conmovedor que en el  Porfiriato todos: pueblos rivales, familias divididas, terratenientes mal avenidos, “acudían a él como a juez único para que escuchase y resolviese todas las querellas, todas las dificultades, todas las discordias”.

POLITICA DURA, SIN DEMOCRACIA, NI JUSTICIA

Iconos-CasasolaDonPORFIRIOEn lo político, en lo gubernamental, a pesar de que don Porfirio había declarado que el país ya se encontraba maduro para la democracia, él  intentó  una nueva reelección en los comicios de 1910 y  se enfrentó al Partido Antirreeleccionista, con don Francisco I. Madero, como opositor.

El 28 de febrero de 1912 Don Porfirio le escribió al ingeniero Enrique Fernández Castellot, que era  primo hermano de Carmelita y  una  persona de sus confianzas en México.  En la carta, fechada en papel membretado del hotel Eden de Cap d’Ail, Díaz  expresaba: “En cuanto a las plagas que afligen al pobre México, nada de lo consumado hasta hoy es tan grave como lo pronosticado para un final próximo, y todo obra de nuestros compatriotas. Ahora siento no haber reprimido la revolución. Tenía yo armas y dinero, pero ese dinero y esas armas eran del pueblo, y yo no quise pasar a la historia empleando el dinero y las armas del pueblo para contrariar su voluntad, con tanta más razón cuanto podía atribuirse a egoísmo. Digo que siento no haberlo hecho porque a la felicidad nacional debí sacrificar mi aspecto histórico”.

Esa  es una de las pocas cartas que escribió el general con su propia mano en el exilio. En ella se revela  que su idea de nación era diferente, y desde luego superior, a la noción de pueblo. A través de la confesión que sentía no haber reprimido la revuelta como el efecto de su gobierno-, se vislumbra la conciencia de su responsabilidad por no haber sabido neutralizar  los efectos de la falta de democracia. Porfirio Díaz, que le dio mucho a la nación, no supo darle sin embargo aquello que Madero prometió en 1910: Democracia, ni tampoco lo que Venustiano Carranza se resignó a prometer en 1917: Justicia. La doctrina social del liberalismo, desde su triunfo con Juárez, fue siempre despiadada con el pueblo en su conjunto. No sólo en México. Incluso en los países más desarrollados -Alemania, Francia. Gran Bretaña-, apenas a finales de siglo comenzó a difundirse de manera casi clandestina un concepto que era nuevo en todo el mundo, el de la igualdad entre las clases. Díaz no fue la excepción de su época. Las reivindicaciones de los zapatistas, por ejemplo, le parecieron siempre absurdas, por incomprensibles: nunca las entendió como tampoco las entendieron Madero, Huerta, Carranza, que con tanta ferocidad combatieron a Zapata. La cuestión de la democracia fue distinta. Ella misma era quizás el postulado más importante de la ideología que don Porfirio hizo suya: el liberalismo. No podía ignorarlo impunemente de manera indefinida. Por el contrario, Díaz estuvo consciente toda su vida, hasta la muerte, de que no supo -porque no quiso- resolver de una vez por todas, el problema de su sucesión.

A sus días apacibles y acotados por la distancia, llegaron las primeras noticias de la rebelión  en México. El 9 de febrero  de 1912 estalló en la capital el cuartelazo de La Ciudadela. Huerta asumió el poder el 19 de aquel mes y, en la madrugada del 22, Madero y Pino Suárez fueron asesinados. El aislamiento en el que estuvo Díaz -primero en El Cairo y luego en Keneh-, hace difícil descubrir la naturaleza de su primera reacción. Esta se puede vislumbrar, no obstante, en una carta que le escribió el 4 de marzo, desde Egipto, al general Mondragón. En ella don Porfirio le pedía aceptar “los fervientes votos que hago por que la abnegación y tino del señor Presidente” -se refería a Huerta- “logren en corto tiempo restablecer la paz y, a su sombra, la honradez y moralidad administrativas”. Con estas palabras el general Díaz daba fin a la neutralidad que había mantenido antes cuando declaró a Prensa Asociada que no podía “manifestar ninguna opinión sobre la situación de México”. Al llegar a Nápoles a bordo del Adriatic, se vio en la obligación de hacer declaraciones a la prensa. En el puerto fue recibido por el cónsul de México y conducido en automóvil al Hotel Royal. Dentro de sus habitaciones se quitó el abrigo con solapa de terciopelo para poder hablar con más tranquilidad. Lo acompañaba el general González. Sus primeras declaraciones las hizo en español, al reportero del Corriere d’Italia.

“-Recibí la noticia del estallido de la guerra civil en México cuando me encontraba de viaje, y con todo el corazón la sentí como una de las más grandes calamidades que pudieron haber golpeado a México.”Es infame insinuar que a mis amigos o a mi influencia se debe de imputar el asesinato de Madero”.

“-Tengo allá amigos fieles y con autoridad, y yo les he escrito de El Cairo para que se mantengan fieles al actual presidente Huerta, que no le causen fastidios al gobierno y que se esfuerzen para que los ánimos sean conducidos otra vez a la calma y a la razón. México necesita paz para reordenar su administración pública y hacer que vuelvan a florecer los muchísimos recursos de los cuales es rico”….

El general Díaz mostraba con estas palabras su apego al orden como condición del bienestar en México. Mostraba, también, una grave ambigüedad frente a los hechos ocurridos en febrero. El asesinato de Madero le produjo a don Porfirio una repugnancia muy particular. Por él tuvo siempre la misma hostilidad. En su asesinato estuvieron involucradas personas muy cercanas a su persona. Félix Díaz, su sobrino, fue una de las principales cabezas de la insurrección; de Ignacio de la Torre, su yerno, se rumoraba incluso que había estado involucrado en el asesinato. Por lo demás, acaudalados mexicanos amigos suyos, entre ellos Iñigo Noriega y Fernando de Teresa, participaron a su manera en el golpe de Huerta, presionando a la prensa, comprando lealtades en el ejército. Todo ello hizo que se arremolinaran en él pasiones encontradas, que lo hicieron mantener una actitud de ambivalencia frente a los acontecimientos. El asesinato le resultó repulsivo, sin duda, pero al mismo tiempo se sintió cercano en un inicio a Huerta que, como le comunicó a Gamboa, no le disgustaba “en términos generales”. ¿Qué pensaba don Porfirio de todo lo que había ocurrido en México?, le preguntó  un reportero en la ciudad de Roma.

-“Permítame que no le responda -le contestó Díaz-. Me lo impide la enemistad con el presidente muerto y la amistad por los hombres que hicieron la revolución. En los primeros días de la primavera llegaron a Niza para descansar. Allí, el 1 de abril, don Porfirio leyó en la prensa que J.P. Morgan, con quien hacía sólo dos semanas viajó a Nápoles a bordo del Adriatic, acababa de morir en un hotel de Roma. Hacia finales de mes salió con Carmelita en tren para París. Amada, su hija, acababa de llegar de México. Tenía mucho de qué hablar, Díaz la escuchaba con la cabeza inclinada, para estar más cerca, como lo hacía con todos desde que la sordera, con su silencio, lo comenzó a distanciar del resto de los hombres. A lo largo de las pláticas que sostuvieron en las habitaciones del Astoria, Amada debió decirle al general que Nacho, su marido, fue quien rentó el automóvil en el que asesinaron a Madero. Debió decirle también que quien mató al presidente con dos tiros en el cráneo fue el capataz de la hacienda de San Nicolás Peralta, el mayor Francisco Cárdenas. De algún modo todo eso lo sabía ya don Porfirio. Amada se lo repitió sin que su opinión al respecto cambiara de manera grave. La familia pasó dos o tres semanas más en la capital de Francia, para después salir a recorrer los lagos de los Alpes suizos. Al regresar a París durante los primeros días de agosto, los aguardaba la persona que menos esperaban ver entonces: Félix Díaz.

El resultado de las elecciones en octubre en México, y la violencia que desató la usurpación de Huerta, hicieron que la esperanza que conservaban de regresar a su país se desvaneciera en el invierno de 1913. El mismo Félix Díaz que pasó con ellos el verano, estaba exiliado en la ciudad de Nueva Orleans. Fue por aquel entonces, en París, cuando don Porfirio posó para el último retrato que le harían. Lo hizo a instancias de Carmelita, vestido con el traje verde olivo de general de división. Al tomar entre sus manos el uniforme, don Porfirio pudo constatar de nuevo el peso de las charreteras, de los laureles bordados en el cuello, de las sardinetas que llevaba cada puño, tejidas con hilo de oro sobre la tela granate. Cuando terminó de ceñirse su casaca de paño, recordó sin esfuerzo la forma que se solía ajustar su faja de galones azul plúmbago alrededor de la cintura. De allí se aferró la empuñadura de su espada, entre las dos borlas de seda dorada que colgaban a los lados. Quiso lucir en aquel último retrato solamente condecoraciones mexicanas. Se colocó en el pecho la barra distintivo por la guerra de Reforma, la medalla de honor por la batalla del 5 de mayo, la cruz de primera clase por combatir la Intervención; junto a la placa de la constancia, sobre los hombros se acomodó el gran cordón del mérito militar. Después pasó por el cuello el collar del 2 de abril. Bajo su puño cerró los guantes blancos de algodón. Sobre la mesa dejó puesto el bicornio montado con plumas de su traje militar de gala. El último retrato de don Porfirio representó, una vez más, esa figura del general, la clásica, revestida por el uniforme militar, con el pecho cruzado de veneras y cubierto por una constelación de placas y medalla

DICTADURA SIN CORRUPCION….

Al comenzar el año de 1915, todavía parecía que don Porfirio fuera eterno. Lo había sobrevivido todo. Del último gabinete que presidió ya sólo vivían cuatro de sus secretarios, casi todos fuera del país. Enrique Creel estaba instalado en Los Angeles, Olegario Molina en La Habana, José  Yves Limantour en París. De todos ellos nada más Leandro Fernández permaneció en México. El resto de su gabinete ya había fallecido. El primero en irse fue su secretario de Justicia, don Justino Fernández, que murió el 19 de agosto de 1911 de una ateromacía a los ochenta y tres años. Después murió su secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes, Justo Sierra, el 13 de septiembre de 1912, cuando a los sesenta y cuatro años fue golpeado por una afección cardiaca. Casi de inmediato sobrevino la muerte de Ramón Corral, su secretario de Gobernación, devastado por la sífilis el 10 de noviembre de 1912, a la edad de cincuenta y ocho años. El general Manuel González Cosío, secretario de Guerra y Marina, murió al fin el 14 de diciembre de 1913, a los ochenta y dos años, después de una larga y dolorosa enfermedad. De sus otros colaboradores cercanos, el general Bernardo Reyes había muerto el 9 de febrero de 1913, sobre su caballo, fulminado por las ametralladoras de Palacio; Rafael Chausal, su secretario particular, estaba ya internado en el sanatorio de Mondragón, cerca de San Sebastián, donde moriría sin uso de razón el 5 de febrero de 1916.

81028a93-059f-49a4-9d5b-6e6d316aef38Porfirio Díaz había sobrevivido hacía ya mucho tiempo a todos los viejos guerreros de la Reforma y de la Intervención; a Manuel González, Vicente Riva Palacio, Luis Mier y Terán, Carlos Pacheco, Juan de la Luz Enríquez. Había sobrevivido también, por supuesto, a todos los antiguos lerdistas que después se convirtieron a su causa: a Mariano Escobedo, Ignacio Alatorre, Sóstenes Rocha, Ignacio Mariscal, Joaquín Baranda, Manuel Romero Rubio. La esfinge, don Porfirio, seguía de pie mientras todo se derrumbaba a su alrededor.

En el documental “Porfirio Díaz, un siglo de exilio” de Auxilio Alcantar y Christian Beltrame, reivindican a la muy controvertida figura  del autoritario representante de la burguesía mexicana en una  evocación histórica  en la que le atribuyen  avances en La industrialización y modernización del país, con el desarrollo de una clase media,  al tiempo que acentuó sin embargo, los abusos y las injusticias sociales, sembrando los gérmenes de la futura y más tarde interrumpida revolución mexicana. Pero al final, historiadores de México y de Francia  reconocen  sin embargo,   que El Dictador, el General,   nunca aceptó la corrupción.

Publicado en: https://efacico.wordpress.com/2013/04/04/la-dictadura-perfecta-sueno-eterno-en-paris/

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