50 KILÓMETROS EN SOLITARIO, DE CONEJOS A PAJARITOS…


por Mario Jesús Gaspar Cobarrubias

Fotografía de Mario Jesús Gaspar Cobarrubias, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

Hace poco me preguntaron sobre cuál fue mi experiencia más emocionante e inolvidable, en los 8 años que tengo explorando y estudiando los caminos reales de Veracruz a México, así como sus caminos secundarios. Contesté que fue en el periodo de abril a diciembre de 2013.

Como ya saben, inicié mi proyecto del camino real el 1 de enero de 2010 y pasé hasta diciembre de 2012, viajando siempre sólo por el Estado de Veracruz, visitando y documentando edificios militares, cuevas y obras antiguas. Viajaba sólo porque nadie creía o comprendía lo que estaba haciendo, incluso hasta sufrí el desprestigio gratuito por parte de guías de San Juan de Ulúa y académicos de la Universidad Veracruzana. Y digo gratuito, es porque mi único pecado era y es compartir lo que se de historia en facebook, en lugar de guardarmelo celosamente para mi.

Al iniciar 2013, dividía mi tiempo en estudiar un diplomado de 9 meses en historia del arte prehispánico, impartir alguna conferencia, dar mis cursos de fotografía y mapear el camino real de Veracruz a Xalapa, haciendo levantamiento foto-arquitectónico de cuanta estructura antigua encontraba. De enero a abril recorrí los 19 kilómetros del camino real de Paso de Ovejas, con mis buenos amigos pasovejenses Francisco Castillo, Aurelio Molina, Saúl Pimentel y don “Canelo”, trabajando ardúamente 2 veces por semana.

De repente tras la semana santa, ya nadie me podía acompañar y todos estaban demasiado ocupados. Había trabajo pendiente, pero faltaban manos. Reflexioné que mis amigos, en su bondad ya me habían ayudado bastante y no era cortés de mi parte molestarles. Ya que la naturaleza humana es muy voluble y se dan los casos más variados: a veces las esposas se encelan, no resisten el clima ni caminar mucho, los negocios hay que atenderlos, les entra pánico al caer la noche, etc. Pero esa es la realidad y hay que aceptarla tal y como es.

Recordando un viejo dicho que mi santa madre, la enérgica y porfiriana profesora de educación física doña Aúrea Luz Covarrubias González me enseñó de muy niño, que “Él que es buen gallo es cualquier gallinero canta”. Que traducido a lenguaje metafísico, es que cada quien debe y puede brillar con luz propia en cualquier situación oscura. Le agregué además un Sikata Ga Nai (no puede hacerse nada al respecto) y un Shō ga nai (hay alternativa), que aprendí de la cultura japonesa que tanto he admirado y estudiado, en la que me hubiese encantado nacer si el destino no hubiese escogido México.

Acepté que me había quedado sólo y que sí había alternativa, y esta era continuar y hacerlo sólo, retomar el sendero del caminante solitario y avanzar con tal fuerza y decisión, que a la larga las fuerzas del cosmos se inclinarían a mi favor, aunque como comprobé después, solo necesitaban comprobar de qué madera estoy hecho.

Así que tomada la resolución, hice inventario de mi pobre humanidad: 1.75 metros de alto, delgado fibroso, manos grandes como aletas de pato, jarocho, piel morena clara, cabello negro, míope, pies de 8,5, zancada de un metro y obstinado como las siempre inefables y bien ponderadas mulas de San Pancho. Empaqué en mi mochila mi machete de 12″, mi cuchillo “Tiburonero”, agua, fruta, tortillas, chicharrón y carne de res. En mi cinturón de trabajo, una pequeña cámara Kodak Easy-Share de 16 megapixeles, baterías de repuesto. Me enfundé en un uniforme y botas de CFE y una gorra café con letras doradas a la que le tengo mucho cariño. Todo mi equipo era simple, nada costoso y sofisticado, exento de marcas de alpinismo o excursionismo especializados.

Soy un hijo de Capricornio que nació con el ascendente en Libra, el cual no es el más recomendable para estos quehaceres, pero en fin, uno tiene que trabajar con lo que hay y no se consigue una nueva constelación en el OXXO de la esquina.

La verdad, no podía culpar a mis amigos por no querer salir, pues el estado y mi ciudad Veracruz se hallaban en su peor fase de asesinatos, decapitados, balaceras, histeria en las redes sociales, facebook servía de alarma temprana, aparecían cuerpos tirados en las rutas que debía recorrer y las patrullas militares deteniendo a todo mundo, tras disolver a la policía municipal por casos de corrupción, En resumen, el peor escenario posible para un explorador que hace estudio de campo. Pero confiando en mi buena estrella que nunca se ha apagado, solo eclipsado ocasionalmente, me puse en marcha, a despecho del eterno y egoísta Doc Ventarrón de color gris que en vano me tentaba con sugerencias de pasarmela tranquilamente encerrado en mi casa mientras Veracruz se caía a pedazos por la inseguridad.

Y debo decir que mis fieles amigos de otros municipios me avisaban que aquí y allá había muertos, ejecutados, que las alcantarillas del camino real estaban llenas de malandros, que no me presentara por allá, etc. Y deliberadamente, pese al cariño que les tengo, nunca les hice caso.

En los siguientes meses trabajé por tramos, bajo el ardiente calor de la zona semiárida del centro del Veracruz: de 40 a 50 grados centígrados en las carreteras, el aire ardiendo y el suelo desértico candente bajo las botas. Comencé en Casa Blanca (extremo oeste de Puente Nacional) y bajé 11 kilómetros hasta Conejos. Después 10 kilómetros de Rinconada a La Cumbre. Luego 7 kilómetros de Cerro Gordo a Plan del Río y luego 16 kilómetros de Cerro Gordo hasta Pájaritos. Más algunos kilómetros de caminos secundarios calculo que serían alrededor de 50 en total. Salía de mi casa a las 5 o 6:00 AM y regresaba a veces en la madrugada del día siguiente, si améritaba pasar la ocasión trabajar todo el día, practicar foto nocturna de narturaleza y el cielo estrellado.

En esos meses y con la experiencia del periodo 2010-2012, recorrí senderos pedregosos, subí a muchos cerros, bajé a incontables zanjas para limpiar de maleza con mi machete las decenas de alcantarillas del camino real que iba encontrando, Geoposicionaba y marcaba en mi mapa. Frecuentemente se me terminaba mi ración de agua potable y tuve que alimentarme de mangos, ciruelas y tunas salvajes para hidratarme, como en el infernal tramo Cerro Gordo-Plan del Río. O simplemente cerrar el pico y aguantarme hasta que apareciera un poblado o un arroyo. Los pies me dolían a más no poder por el terreno accidentado y el calor infernal. Varias veces me perdí en caminos antiguos como en el Órgano y La Bocana, Nada me salvaba de las asoleadas, picaduras de mosquitos y menos de las caídas por los caminos y carreteras en mal estado. Crucé barrancas y ríos buscando captar las estructuras y su belleza natural.

Pero no todo fue sufrir, en cada pueblo hice buenos amigos, muchos me conocían por facebook y seguían mis publicaciones. Al regresar tenia 2 o 3 contactos nuevos que agregar. Muchos me reconocían aunque aun no portaba el overol rojo escarlata que me hizo muy identificable desde 2014. Una vez un chico vendiendo mangos en El Vigía, me reconoció y me dijo “Yo lo conozco, usted es el hombre del camino real”. Casi siempre comía mi pobre ración en donde podía descansar a la vera del camino o la carretera, con un poco de sombra o simplemente caminando y haciendo mis miserables taquitos sobre la marcha, ante la mirada de gente extrañada ante mi proceder.

Las fotos donde yo aparezco, eran tomadas a pedido mío a gente que encontraba, pues pese a ser instructor de fotografía, soy pésimo para captar mis selfies, jajajaja. Me topé con gente grosera, prepotente, individuos que llegaron a insultarme y echarme sus perros encima sin más causa justificada que acercarme a hacer una pregunta. Conocí gente muy amable que me daba agua y consejos, de cada municipio donde pasaba (Puente Nacional y Emiliano Zapata) me enteraba de como vivía la gente y como el terror estaba en el aire, porque los Zetas y otros grupos criminales no daban descanso. Curiosamente, nunca tuve líos con los militares, criminales y malandros locales; posiblemente pensaron que un loco que no traía equipos costosos encima, que no iba a pedir protección a los palacios municipales ni a impresionar a los rancheros y cronistas con credenciales académicas cual si fuera dios todopoderoso de la Universidad Veracruzana, que estaba con la piel y ojos enrojecidos por el sol y con cara eterna de sediento, no valía la pena gastar una bala en él.

Recuerdo el día en que mapeé el Camino Nuevo del Consulado de Veracruz entre Cerro Gordo y Plan del Río, hallando alcantarillas bajo la carretera. En una de ellas, al regresar al terraplén, encontré la calavera pelada al sol brutal y sin mandíbula, de un infeliz al que habían decapitado una semana antes. La autoridad halló el cuerpo y yo la cabeza. Hice el levantamiento fotográfico, marqué el sitio y subí a pedir ayuda a los marinos, los cuales jamás aparecieron y vaya que frecuentemente los veía pasar junto a mi, Ya después desde Veracruz, pedí a Protección Civil de Emiliano Zapata que fueran por el cráneo y le dieran cristiana sepultura.

Recuerdo a un perro enorme que quería comerme en Corral Falso pero al que mis gritos y una buena piedra le hicieron recapacitar a tiempo (no llegué a lastimarlo). También los ricos flanes y carnitas de RInconada, porque, aunque hambriento, por extrañas razones no consumía sus garnachas, que son su orgullo gastronómico para viajeros (en 2014 corregí esa omisión).

¡Inolvidable aquella vez que caí en las trampas del fortín de Plan del Río! Solo me salvé al caer de espaldas, porque estaban llenas de maleza y eso amortiguó el golpe. Bueno, sirvió para captar desde un ángulo inusual al viejo guardián. O las veces que ascendí hasta el Cerro Gordo y las que caminé hasta la torre telegráfica de Corral Falso.

¿Cuantas veces no me espiné y lastimé las rodillas bajando a zanjas para localizar alcantarillas y muros de contención? ¿Cuantas no dejé mi propia sangre en el terreno? Y mucho de eso me lo hubiese evitado si usando el sentido común hubiese copiado a los lugareños y me hubiese provisto de una buena vara para apoyarme. Al menos logré seguir el consejo dos veces centenario de llevar machete en esos terrenos.

¿No recordaré que en los túneles del alcantarillado colonial jamás hallé a los tan temidos malandros sino tan solo un conejo café que huyó saltando al verme? ¿Olvidaría las mentadas de madre, burlas y sarcasmos de gente que sin conocerme se burlaba de mi al pasar en sus vehículos en la carretera? ¿Y que decir de los arqueólogos que me decían que no perdiera mi tiempo porque ya no quedaba nada que ver del camino real, ni arriba ni abajo, pero que por favor les pasara mis datos si volvía vivo? ¿Y la hostilidad gratuita de mis hermanos de profesión, que se burlaban de mi porque ellos muertos de miedo ya no salían a grabar ni al rancho más cercano o averiguaban si hubo balaceras para no ir?

Nunca les dije, para no preocuparlos o humillarlos (porque hay egos muy frágiles que enseguida se ofenden) que yo salía en cualquier día y hora, a cualquier sitio, incluidos los de muy mala fama por sus ajustes de cuenta como Cerro Gordo, Paso de Ovejas o Santa Fé. Y que mi única protección eran mis convicciones, un machete sin filo del que muchos se burlaron y las oraciones de mi madre ciega pero preocupona como buena Virgo que es.

Mis fieles amigos al escribirme o llamarme ya no decían ¿Como estás? sino ¿En donde andas? Y a veces por la radio en algún pueblo remoto, oía que alguien le mandaba saludos a un tal Doc Ventarrón, ese ente que mi hermano comunicólogo Calderon Vivar Rodolfo Multimedia definió a finales de 2014 como “una especie de mítico personaje que recorre de norte a sur nuestra entidad, allegándose evidencias del pasado, con su cámara fotográfica y los archivos históricos documentales encontrados” (ahora ya sabe que no es mítico y sí de carne de pollo rostizado).

Pero tampoco podría olvidar las noches de cielo estrellado, con las conjunciones planetarias de Venus y Júpiter con la Luna. Los bellos amaneceres desde los cerros cuando decidía quedarme o las candentes puestas de sol en medio de arena y tierra calcinada. El refrescarme la cara con agua de los arroyos, el reírme de mis propias estupideces y falta de experiencia como explorador ¿Cuantas veces no pasé junto al cañon Cangrejo en Cerro Gordo? ¿Cuantas cosas interesantes no logré captar con mi “Uva”? ¿Cuantas veces no me atrapó la lluvia y otras el viento cargado del malvado pica pica, que es el terror de los excursionistas?

Recuerdo aquel chico de Plan del Río que me salvó de morir de sed llenando mi recipiente, cuando en otra casa una mujer desaprensiva ignoro totalmente mi súplica. También mi llegada al “Limón Gigante” o sea la pelota emblemática del Club de Golf de Xalapa a orillas de la carretera 140. O cuando las camionetas de CFE pasaban junto a mi y me saludaban creyéndome uno más de su fraternidad (por el uniforme), me invitaban a subir para darme el aventón y se extrañaban de que decía “Gracias, ya me falta poco” (en mi estilo personal, decir poco son 10 kilómetros, como cosa de caminar cualquier día).

Y ese hermosísimo tramo de Cerro Gordo a Corral Falso que llegué a amar, por el rancho Los Reyes y porque durante 5 horas no paraba el cielo de mantenerme mojado con lluvia, secarme al sol que se asomaba tras las nubes y nuevamente lluvia, sol, lluvia, sol hasta que se decidió salir totalmente cuando arribé a la laguna de Miradores del Mar. Sobra decir que no morí de neumonía gracias a uno de esos cafés de 15 pesos en el OXXO más cercano.

Y siempre con la mala fortuna de que nunca tropecé con uno de esos doblones de oro español que dicen los numismáticos que están a flor de tierra por todo el camino real (rayos, me hubiesen servido para financiar mi trabajo sin tantas penalidades). Pero a decir verdad, hay que ser honesto, mi trabajo es de investigación y no me dedico a cazar tesoros, aunque no falte quien diga que me los quiero quedar todos para mi (en sus sueños solamente) y porque se, que aún en los amigos de años, existen quienes al olfatear algo de metal (no necesitan verlo para sacar sus ambiciones reprimidas) se olvidan de ética, mesura y sensatez. Se les mete la fiebre del oro y echan al caño toda amistad.

Nunca pude ver un espectro o fantasma o espíritu chocarrero cuando estaba dentro del alcantarillado o cuevas (mil demonios, de verdad que tengo mala suerte, porque le hubiese cobrado a Castañeda o a Maussán por traerlos a filmar). Y desde luego, no obtuve ni una visión (más allá de espejismos de deliciosas Coca Colas bien frías), ni vi ángeles ni demonios ni químeras (bueno, solo las de algunos pueblos, cuyo nombre no viene al caso pero que todos conocen, incluso con orgullo) y solo me aproximé al Nirvana cuando a punto de morir de deshidratación en Palo Gacho, unas inoportunas ciruelas de jugo me disuadieron de presentar mis respetos a Buda por el momento.

Jamás olvidaré esa tarde que buscando cierto fortín en el área del Órgano, me perdí totalmente y tras aguzar mi cerebro buscando referencias geográficas, logré regresar a la ruta y en el proceso, hallar por accidente los muros de cal y canto de una calzada tapizada de cantos rodados. Igual las veces en que llegaba exhausto a mi destino y el gran vestigio aparecía en la última hora de luz, obligándome a sacar fuerza extra de quien sabe donde y seguir trabajando. O cuando me lastimaba un brazo o una pierna, tenia que de alguna forma controlar el dolor y seguir avanzando, cojeando, en contra del sentido común que me gritaba que abordara el próximo AU o TRV y mandara al diablo al camino real junto con Maximiliano, Juárez, Miyares y una larga lista de ilustres que por él transitaron.

Si algo aprendí, no del todo porque de 2010 a 2012 ya había visto suficiente mundo, es que muchos de los temores con qué vivimos actualmente, no es que el mundo sea muy peligroso (y el Todopoderoso sabe que lo es), sino son nuestros temores los que nos predisponen a ver un mundo de pesadilla que no existe en realidad y vivimos en una permanente paranoia, que nos hace cuidarnos clínicamente tanto, que esa salud supervisada solo es para llevar vidas intrascendentes y exentas de significado, con una enorme tendencia a los resultados fáciles y a buscar fama, fortuna y poder sin derramar una sola gota de sudor si es posible economizar incluso eso.

Porque hemos creado una sociedad que se basa en la percepción hipócrita del puesto, de la fama, del micrófono y la cámara, para determinar la valía de una persona y las oportunidades, despreciando los verdaderos méritos y esfuerzos. Yo que soy comunicólogo, se que en mi profesión mucho de culpa tenemos de eso,

Después de esos meses, y tras sufrir tanto en cuerpo, alma y hablar conmigo mismo en tantos kilómetros solitarios, sin más compañía que mi mochila, mi cámara y el terreno desolado, el espíritu de un hombre no vuelve a ser el mismo y muchisimas de las incomodidades que alteran a nuestros semejantes, se vuelven insignificantes pequeñeces. Pero tal estado de vitalidad, seguridad en uno mismo (que muchos ignorantes confunden con petulancia o soberbia) y alta autoestima (la que se logra por méritos propios y no por estar rodeado de gente o recibiendo likes) no son regalos que el cielo otorgue gratuitamente. No, los cobra muy caro y duelen en carne propia.

Solo así se logra lo que Apolo Creed le dice a Rocky Balboa: “Tener ojos de tigre” (aunque en lo personal prefiero tenerlos de gato, porque no hay animal más perfecto que esos pequeños tunantes, reyes de su ecosistema).

Pero tras pasar por el infierno ¿Pueden espantarme los desatinos de una mujer de mal carácter enferma de megalomanía? ¿Pueden superar mi entereza el bullyng de 8 contra 1 porque no se atreven a medirse de 1 a 1? ¿Pueden romper mi fuerza de voluntad el verme abandonado, incomprendido y despreciado en algún momento? ¿Puede romper mi capacidad de asombro ver tantos prejuicios y decadencias sociales y políticos? ¿Tengo que retroceder porque haya académicos que desprecian la investigación libre y que valoran el fruto por su cáscara y no por su pulpa? ¿Pueden disuadirme de continuar los sarcasmos y burlas de otros que presumen su experiencia en esta u otra cosa? ¿O pueden hacerme variar de decisión quienes nunca se han atrevido a cruzar una barranca profunda sin más apoyo que sus pies y por caminos que no están trazados? ¿Pueden darme otra cosa que no sea risa, el que mentes enfermas digan que me las doy de historiador cuando siempre he tenido la ética de decir que soy un orgulloso hijo de la Facultad de Ciencias de la Comunicación UV y que Dios da oportunidades para todos?

Definitivamente no y en esos meses comprendí también, que si el espíritu humano no se pone a prueba por la adversidad, será siempre mediocre y tenderá a buscar la gloria en el plagio, el robo y en creer que decir y escribir simplezas es lo mejor que se puede lograr. No es que uno busque el dolor, pero sabía es la reflexión de qué necesitamos probarnos en el fuego para purificarnos de la vil escoria que contamina el metal noble del que podríamos estar hechos.

Cuando finalmente descansé comiendo el pastel de mi cumpleaños 2013, supe que ese periodo de sufrimientos no sería en vano y de alguna forma, me serviría para los años venideros, para resistir los golpes de la mala fortuna y las ingratitudes de la raza humana, a la que muy orgullosamente pertenezco. Mi peregrinar por esos caminos de mala muerte, de sol, tierra calcinada y vientos que irritan los ojos, me dio también una paz inigualable y un sentido del humor que si ya tenia, se amplificó notablemente al tener que consolarme a mi mismo cuando se acababa el agua potable o se percibía la histeria popular por algún asesinato ¡Y el Todopoderoso sabe que todos los días se sabía de uno desde Veracruz hasta Xalapa!

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s