Por buscar la dignificación de México


por: Héctor Saldierna

Por Héctor Saldierna Martínez, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

Siguen cayendo periodistas, sacrificados e inmolados por tan sólo expresar su verdad y revelar datos de lo que no se está haciendo bien en México. Ya suman varios en el presente año y donde Veracruz ha sido una parte fundamental porque son varios los comunicadores que han sido eliminados por balas asesinas provenientes de los más oscuros intereses, en una extraña confusión de la que se aprovechan para apostar por la impunidad.

En ninguno de los casos se sabe que haya sido resuelto por las autoridades, no obstante que siempre no se cansan de afirmar que “llegarán hasta sus últimas consecuencias” o, simplemente “condenamos tan execrable crimen”.

La realidad es que ni siquiera investigan y menos detienen a los responsables. Sólo dejan correr el tiempo para que la memoria olvide y, por consecuencia, sepulte los reclamos de justicia.

Este es el triste México que se vive hoy, donde la libre expresión está totalmente coartada y cuando un periodista hace una denuncia que estremece los cimientos de la delincuencia, los resultados son funestos.

Solo hay que mencionar el caso de nuestra excompañera de estudio y de prácticas profesionales Regina Martínez para percatarse que todo ha quedado en la impunidad. No hay investigación y menos presuntos culpables.

Es triste que una entidad, como lo es Veracruz, tan pródiga en la formación de grandes periodistas y que es ejemplo a nivel nacional, tenemos que sufrir la felonía de las malas autoridades por no saber investigar y menos castigar a los presuntos culpables de las numerosas muertes.

Ningún otro estado de la república tiene el mayor número de periodistas sacrificados que el nuestro. Aunque ahora ocurrió en Sinaloa, con la muerte de Javier Valdés y poco antes con Miroslava Breach, en Chihuahua, también nuestro estado registra la muerte de Monlui meses antes. Es decir, se puede hablar de una masacre sin paralelo en contra de los periodistas en los albores del presente siglo.

Esto quiere decir que algo anda muy mal en México. Cuando existe tanta denuncia por  tantas irregularidades y por encontrarnos en la época más aciaga del país, por las malas políticas gubernamentales, resulta evidente que nunca faltará un periodista valiente que denuncie las anomalías y los frecuentes actos de corrupción.

Basta tan sólo mencionar la problemática que se origina desde el mismo jefe del ejecutivo, exhibido por la casa blanca y los negocios irregulares con las constructoras, por lo que no podría existir un silencio de parte de los comunicadores comprometidos con el país.

Tampoco se puede tapar el sol con un dedo en torno a la actuación de los gobernadores, mismos que han afectado al erario a niveles jamás vistos. Se vive una época de gran codicia, sin límites. Los gobernantes han perdido toda proporción de lo que es la actividad pública.

De nada ha servido que haya denuncias bien fundamentadas de parte de la Auditoría Superior de la Federación, porque los gobernantes siguen cometiendo los mismos ilícitos. No hay poder humano que los detenga. Tal vez porque se ha perdido la credibilidad de un presidente de la república y porque no existe un poder por encima de ellos.

Se han convertido en los nuevos virreyes, dueños de vidas y de haciendas, sin que haya alguien que les modere su actitud, sin freno  y sin ninguna inhibición. Pero, precisamente, esta locura de desenfado y de lujuria en el ámbito financiero tal vez los podría llevar hacia la perdición, como ya ha ocurrido con algunos exgobernadores, como es el caso del tristemente célebre Javier Duarte, actualmente preso en Guatemala.

Mientras tanto los periodistas sacrificados requieren justicia. Y también un basta ante la barbarie. No se puede continuar con la muerte de más periodistas. Ahora, el jefe del ejecutivo ha hablado sobre mecanismos de protección, pero todo  huele a más burocracia, sin la capacidad suficiente para detener tanto agravio.

Sin duda, los periodistas mexicanos serán los grandes precursores para preservar la dignidad de este país. Sus nombres deberán quedar marcados en letras de oro en el Congreso de la Unión.

Y hasta la próxima.

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