La hora exacta


por María Elvira Santamaría

por Elvira Santamaría Hernández, egresada de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana, desde Coatzacoalcos

Seis treinta:
Aníbal se levantó de malhumor y aplastó el despertador para detener la insufrible alarma. – Si fuera gente lo mataría de un palazo- pensó.

Seis cuarenta y cinco:
Por fin decide levantarse de la cama y descalzo se dirige al baño arrastrando los pies y tropezándose antes de entrar con las secciones del periódico que dejó tiradas la noche anterior, cuando hurgó en los anuncios clasificados. El suelo está frío y al sentirlo se le enchiña todo el cuerpo anticipando el chubasco de agua helada que saldrá de la regadera, porque no tiene calentador.

Seis cincuenta y cinco:
Aníbal sale escurriendo porque ni siquiera se fijó que no había toalla en el baño. Su forma de bañarse no resistiría el más mínimo examen. Eso fue más bien un remojón con apenas un poco de la pequeña pastilla de jabón California que le ha durado casi dos semanas y que despide un ligero aroma a violetas.

Siete de la mañana:
Ya rasurado y comenzando a vestirse, nota que se está poniendo calcetines impares. Así se los deja indiferente, ansioso por encender el primer cigarrillo del día. Le arde la barba por la afeitada. El soltar la larga bocanada de humo le compone el talante, termina de vestirse y luego con el cepillo de cerdas finas arregla frente al espejo su cabello entrecano, del cual se siente orgulloso porque algunos de sus contemporáneos ya están calvos. Pantalón de mezclilla, camisa color naranja, zapatos gastados medio boleados, el reloj de pulso Timex, el recorte de la dirección a donde va, loción Jockey Club aquí y allá. Listo.

Siete veinte:
Sale del cuarto alquilado. Su pequeño territorio de seis por cuatro, beige y blanco, con una cama sin tender, un closet sin puertas, su cocineta en desuso, un minúsculo baño, un típico sofá floreado, y una ventana enrejada que da al cubo de luz del edificio de renta congelada donde mora, solo, en el cuarto piso de la calle Dr. Vertiz en la colonia Narvarte del Distrito Federal.

Siete treinta:
Con el segundo cigarro colgando de la boca y tras consultar el reloj, comienza a descender los escalones sin demasiada prisa. Lo que debe de hacer no requiere tanto apresuramiento, sino mas bien suerte, se dice.
El piensa que el pantalón de mezclilla, no obstante las huellas de muchas lavadas y algunos planchazos encima, disimula bien su avejentado vestuario. -Conseguir empleo, a mi edad, qué purgatorio-.
Le cruza por la mente que mejor se hubiera puesto la camisa blanca. Pero, no. Qué bueno que no lo hizo, porque toda su ropa clara tiene ese blanco percudido, monótono, uniforme, que tienen todas sus prendas que alguna vez fueron realmente blancas.
Mientra baja, sin saber el porqué, recuerda lo que soñó la noche anterior. En el sueño se veía chamaco, caminando en una calle de Salamanca, su ciudad natal, llevando forraje a la bodega de su tío Hermenegildo. Pero al cargar una de las pacas, el peso lo vencía y le caía encima sofocándolo. Infiere que fue precisamente entonces cuando se despertó por la madrugada sintiendo que le faltaba aire, volviéndose a dormir poco rato después.

Siete treinta y tres:
Llega a nivel de la calle y se tropieza con un transeúnte. Lo mira molesto, aunque la culpa del momentáneo choque es suya por salir del edificio sin fijarse. Camina nueve pasos llevando automáticamente su mano derecha a la bolsa de la camisa y se detiene. Se ha dado cuenta que ha olvidado su cajetilla de cigarros y eso significa que tiene que regresar a su cuarto, porque sólo trae veintiocho pesos para una torta y el café; y ocho pesos para el metro.
¡No puede ser! Subir de nuevo cincuenta y seis escalones. -Que idiota-, se dice.

Siete cuarenta:
El olor de la colonia Jockey Club envuelve el cubo de la escalera por la que Aníbal asciende, primero aprisa y después más lento. Aunque no es viejo, tampoco es un adolescente y los 43 años de vida con carencias, descuidos y excesos le pasan factura.
Tendría que cambiar sus hábitos. Comer más sano, hacer ejercicio, fumar menos. -Sí, claro, pero para todo eso lo primero que tendría que hacer es conseguir un trabajo.

Siete cuarenta y ocho:
Renegando y bufando, el hombre ha subido ya hasta el tercer piso, forzado a detenerse porque le falta el aire.
Tantas veces contó los escalones hasta su cuarto que sabe que solo le restan catorce peldaños.

Siete cincuenta y uno:
Aníbal continua subiendo enumerando los escalones que le faltan para llegar. Trece. Doce. Once. Diez. Nueve. ¡Qué cansancio!.
-Y ahora esta opresión en el pecho-, se dice, mientras abre la boca intentado jalar el aire que le falta.

Siete cincuenta y dos:
Ocho. Siete. Seis escalones. ya nada más le faltan cinco. -Cuando llegue voy a recostarme unos minutos, para recuperarme-, piensa.
Aníbal retoma la cuenta: cinco. -¿O cuatro?, ¿cuántos me faltan?-. Casi sin resuello da otro paso. Tres. -Me duele. -¿Por qué este dolor?¿Por qué todo oscuro?-

Ocho en punto:
Una mujer va rumbo a la azotea cargando una cubeta. De uno de los cuartos le llega el sonido de la radio. -Puras noticias, ya nadie oye música – rezonga. De pronto, se topa con el cuerpo inerte de un hombre. Susto, grito y pedir auxilio se suceden con diferencia de segundos. Baja buscando ayuda.
A dos escalones de su cuarto, prendas de ropa mojada y muy blanca, rodean ahora el cadáver de Aníbal, con sus ojos abiertos, sus treinta y seis pesos saliendo de la bolsa derecha del pantalón y, sin su cajetilla de cigarrillos.

Julio 30 de 2013

(Un recuerdo especial para la maestra Lilia Zamudio con agradecimiento por sus consejos)

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