Noema oculta algo


por María Elvira Santamaría

Por María Elvira Santamaría Hernández, egresada de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

Con exagerado sigilo, Noema caminó tres pasos dentro de la casa y se detuvo para asegurarse de que nadie estaba en la estancia. No había hecho ruido al entrar y esperaba que la tía Ofelia no se hubiera percatado de su llegada. Le urgía guardar el pequeño envoltorio que llevaba en su mano derecha antes de ir a saludarla a su cuarto.

Qué trabajo le costaba pisar suave y moverse rápidamente con esos zapatos de plataforma y ese cuerpo tan pesado que le había valido un montón de apodos en la escuela secundaria. El último sobrenombre se volvió tan familiar para ella que respondía a él como lo hacía a su nombre: ‘Fanti’, por ‘elefantita’.

La recámara a la que se dirigía estaba a sólo 4 o 5 metros de la puerta de entrada, pero con el corazón agitado y teniendo que pasar frente a la habitación de la tía, sentía que los latidos se le escapaban por la boca. Un minuto y medio después, había logrado su propósito y ya a salvo en su cuarto cerró con cuidado la puerta y comenzó a desenvolver su preciado tesoro.

La bolsa de papel que lo cubría estaba bastante ajada y un poco grasosa. Se notaba que el envoltorio había permanecido guardado un buen rato, quizá varias horas.

Sin embargo eso era lo que menos importaba a Noema, que no obstante el deseo apremiante de abrirlo, se contenía para evitar que se oyeran afuera sus maniobras.

Cuando más entretenida estaba en su propósito, sonó el horripilante timbre de la entrada y Noema se petrificó. -Si mi tía o el primo Ramón bajan a abrir, yo no voy a poder salir de aquí hasta que vuelvan a sus cuartos. -¿Cómo me aparezco así nomás? -Van a preguntarme que a qué hora llegué, que porqué no fui a saludarlos y quien sabe cuántas cosas más.

Nerviosa, dejó el envoltorio sobre la cama; después recapacitando, volvió sobre él y lo acomodó en la parte baja del buró, que aunque no tenía puerta servía bien de escondite para su secreto, camuflado atrás de una imagen de la virgen de Juquila.

Toda su aprehensión y precauciones pararon de golpe cuando de manera simple, su tia Ofelia dio un breve toquido en la puerta abriéndola enseguida y diciéndole, -qué bueno que ya estás aquí, porque acaba de llegar la prima Sara y quiere saludarte. -péinate un poco y ven a la sala, dijo, saliendo sin más de la habitación.

Uf, ni siquiera tuvo que articular palabra. Tía Ofelia no había preguntado nada ni había notado la palidez de su cara cuando se apareció en la recámara.
¿Habría escuchado su llegada? Lo que es seguro es que no la vio, pues de haberlo hecho le habría interrogado sobre lo que llevaba en la mano.

Por lo pronto el envoltorio seguiría escondido porque ella era requerida en la sala. Con algo de contrariedad se miró en el espejo, se soltó el cabello que lo tenía recogido con un coletero azul marino, lo cepilló varias veces y volvió a atárselo con el mismo accesorio, agregando un pasador al lado derecho, para que ningún cabello se viniera sobre su cara.

Noema era bastante rolliza, aunque se consideraba alta, pues media 1.67, de todas maneras era notorio su sobrepeso. Ella lo atribuía más que nada a sus caderas, tan prominentes, que le daban una apariencia que podría describirse como monumental.

Salió al pasillo y se encaminó al encuentro con la familia, anticipando la auscultación de que sería objeto por parte de la tía Sara en cuanto la viera. Era de las cosas que más detestaba; porque automáticamente sobrevendría el comentario sobre su tamaño e -indefectiblemente-, sobre su gordura.

Se hubiera cambiado de ropa, pensó, mientras avanzaba a enfrentar lo más graciosamente posible, la revisión de la cual, obviamente, saldría reprobada.
Hola tía Sarita- dijo de arranque con su voz delgada y suave que contrastaba con su tamaño.

Sara Ornelas giró para responder al saludo, pues estaba sentada en el sillón del lado derecho del salón, dando la espalda a la entrada. La tía no sólo le sonrió sino que se levantó del asiento y se acercó para darle un abrazo, sorprendiendo a Noema que no suponía tan efusivo saludo.

-Vaya, vaya sobrina, creo que tu no has parado de crecer, dijo, al tiempo que le plantaba un sonoro beso en la mejilla izquierda y agregaba un poco en serio y otro poco en broma, -y tampoco de engordar ¿verdad?-

Noema soltó una risita nerviosa y respondió casi en un susurro: ya estoy bajando, estoy a dieta. Tras lo cual la atención pasó a otra cosa y ella buscó en donde sentarse, de manera que no quedara muy de frente a la tía y así evitar su observadora mirada.

Fluía la plática llena de lugares comunes a la que Noema apenas si prestaba atención. Su mente estaba en el envoltorio que había escondido en su cuarto y el cual no había podido abrir. En determinado momento la discrepancia sobre el clima que predominaba en Cholula y en Atlixco subió de tono, envolviendo a Ofelia y a Sara en una discusión que amenazaba con llevarlas al enojo, todo por dos grados de diferencia. Sara insistía en que Atlixco era más frío y Ofelia desmentía a la prima diciendo que “para fríos, los de Cholula”.

Cuando Noema se percató de que las temperaturas habían “acalorado” a las tías y que ya ni dejaban al primo Ramón ni a ella intervenir en la conversación, se escabulló –si es que alguien de 86 kilos y 1.67 de estatura puede escabullirse- hasta su cuarto y con apresuramiento casi febril alcanzó el envoltorio que estaba escondido en el buró.

Lo abrió de sopetón sin importarle el sonido que hacía el papel de estraza y sacó el voluminoso mantecado con chispas de chocolate cuyo untuoso sabor imaginaba desde hacía horas.

Por el apuro, mordió un gran pedazo, se limpió la boca y aún con el enorme trozo atravesado en la garganta y moronas esparcidas sobre el frente de su cuello, regresó a la sala esperando que no hubieran notado su ausencia y donde el tema del clima ya había amainado.

Las tías se levantaron al unísono de sus lugares cuando Ofelia propuso tomar un refrigerio. Se apetece una bebida y algo dulce, dijo Sara. -¿Vas a querer un pastelillo?, preguntó con cierta sorna a la silenciosa Noema.

“Fanti”, con la boca llena, luchando con hablar sin que se saliera un trozo del enorme mordisco que le había dado al mantecado dijo…No gracias, yo no como pastelillos-.

(Coatzacoalcos. Junio de 2013).

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