Estampas de la vida de un hincha


por Juan Eduardo Flores Mateos

por Juan E. Flores Mateos

Por Juan Eduardo Flores Mateos, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

Hace unos días murió un hincha. Pero no cualquiera. Era uno de los que estaban siempre al frente, de los que siempre estaban en la tribuna saltando sobre su propia alegría, de los que trepados sobre la valla, alzan la mano enmarcados por la luz de las bengalas. De los que, así tuvieran a David o Goliat, les harían frente; ora agrandándose ante la porra rival, ora sin miedo a la autoridad de los policías: de los hinchas con los que uno debía estar de cerca para estar en las anécdotas de los que hacen el viaje desde casa y le hacen frente al estadio enemigo y regresan, como hermanos de la misma familia, llorando la alegría prometida o la maldita derrota.

Adán Fernández se llamaba, tenía 30 años. Hincha desde el cajón hasta la cuna de los Tiburones Rojos; le apodaban Chipileta porque de más niño, en aquel viejo barrio de Veracruz en el que creció, alguien le vio un parecido a la ardilla de la paleta del mismo nombre.

Como un sorpresivo gol de media cancha, así el infarto que ocasionó su muerte y que sorprendió a sus amigos y familiares: algo de esperarse en una ciudad que condiciona a los jóvenes como él a morir de un balazo o a desaparecer. Apenas hace unos días hizo uno de sus habituales masivos cotorreos al que asistió mucha gente para bailar y beber. Nadie en esta tierra de brujos hubiera predicho que Chipileta se volvería ese cliché de las abuelas: tan joven, tan lleno de vida y aventuras, y con una muerte tan repentina.

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Chipileta soñaba tener su propia línea de autobuses. Lo contaba a sus amigos más cercanos: Que deseaba que Chipi Tours fuera una empresa totalmente constituida con sus autobuses propios. Él se había vuelto emprendedor, tal como lo fue en la secundaria y en el bachillerato donde vendió chucherías para ayudarse en la escuela. Además ya se había acercado a Dios: su última publicación en Facebook fue una interpretación sobre el salmo 23. Lejos había quedado ese pasado lleno de adrenalina: el de ser un barrabrava, además de su simpatía por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional y por el guerrillero Lucio Cabañas, sus ondas skinheads y lejos también, aquel hecho que lo convirtió leyenda, el héroe anónimo de muchos jóvenes de la generación:

Cuando aquel 25 de abril de 2008, a la hora tranquila de la tarde, ya con los Tiburones Rojos sentenciados al descenso y con la batalla desatada contra lo policías, Chipileta, con precisión de un francotirador, emergió entre la masa roja de la porra bajo asedio, para lanzar un bombo a un policía del IPAX cuyo golpe terminó por desparramarlo.

—Era un tipo muy raro. Traía ondas skinheads, también simpatizaba con el EZLN, es como una parte muy oculta de su pasado. Quién sabe por qué todos esos ideales se esfumaron, eso fue a raíz de que empezó a sacar viaje y volverse “un poco popular” derivado del tamborazo al puerco en el descenso contra Pumas en el 2008- comentó uno de sus grandes amigos.

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Anécdota de un amigo que viajó con él en alguno de sus tours.

De lo que más recuerdo de él fueron de sus primeros tours. Nos fuimos a la Cumbre Tajín, todo el camino echamos desmadre. Tomamos, iban fumando. Me acuerdo que alguien que iba hasta adelante se paró a decirle que abrieran las ventanas porque el chofer se iba horneando de tanta mota. Ese día él se puso un loquerón que le robaron su casa de campaña. Aún así, él decidió quedarse y nosotros nos regresamos solos en el autobús.

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En las postrimerías de octubre de 2015, entre la planeación de dos viajes, uno a Naolinco y otro al festival del globo a Zozocolco, Chipileta se fue a platicar brevemente con Krusty, un indigente que duerme en los alrededores del estadio Luis Pirata Fuente y que para ganar dinero, recoge botellas de plástico y las vende al reciclaje. Chipileta lo conocía porque luego lo ayudaba a recolectar mercancía. Ese 24 de Octubre, le tomó una foto y la subió a sus redes sociales. Aquel día Veracruz le ganó al Toluca en casa, Chipileta escribió.

—Cuando gana Veracruz, ganamos todos. Krusty o Bon Ice contento por la recolección de plásticos y de aluminio— escribió al lado de la foto donde se ve al señor con su playera roja, su triciclo, su bermuda y sus tenis cargando una bolsa más voluminosa que él.

Por esos mismos tiempos, Chipileta promocionaba a Cacahuates Doraditos, un personaje de los estadios que es cubetero y vendedor.

—Cacahuatititos Doraditos te recomienda viajar en ChipiTours—escribía luego acompañándolo de una foto de el chico, todo sonriente, cargando su mercancía. En el estadio, Chipileta, solía repartir volantes sobre los viajes y excursiones que organizaba.

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14 de enero, en algún lugar del centro de Veracruz, cerca de las diez de la noche, Chipileta escribe:

—Horas después de ser testigo de la reunión del ilustre y heroico sindicato de Cubeteros, decidí pasear en mi bicicleta como cada tarde-noche acostumbro, gustosamente me fui de paseo por la Alameda Díaz Mirón que la sinvergüenza de Carolina Gudiño destrozó. Yo venía muy relajado pedaleando, pasé Mina, Alacio Pérez, me detuve tantito a ver ‘el árbol de las chiches’, sonreí, me dije ‘qué curiosa es la naturaleza’, todo iba bien hasta que de repente una calle se apoderó de mi atención: la calle por nombre ‘Mariano Abasolo’. Un olor muy extraño se introdujo en mis fosas nasales, una mezcla de perfume barato, loción de Avon y ese peculiar olor de recién bañaditas. Rápidamente volanteé, hasta en sentido contrario me fui y casi me atropella el camión de la basura que, por cierto, ¡saludo a la flota que a veces me da el ride! Había llegado: Mujeres de todos colores y sabores. Introduje rápidamente las manos al bolsillo, a huevo, sí me alcanza, dije, pero después recordé que era dinero de una inversión, por lo que el deseo y las ganas se disiparon.

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—En mis tiempos fui loco—escribió Chipileta aquel 24 de abril de este año. Recitó su palmarés:

En la semifinal de la liga de ascenso contra Dorados, dijo, incité a la violencia. Corrimos a los policías del estadio y tiré un humo a la cancha. En Puebla, le pegué ‘un pedradón’ a un policía.Aún recuerdo su cara de miedo con sangre en la cabeza. Otro pedradón, agregó, a otro policía por maltratar a un caballo. Pegarle a los de la extinta intermunicipal por molestar a un borracho.

Y el más memorable de todos, el que le dio la vuelta el mundo: El tamborazo al policía en aquel juego de descenso de los Pumas contra Veracruz del año 2008.

—Tenía serios problemas, odiaba a la policía, un chico desubicado, desorientado, bien pude estar preso o haberme pasado algo serio. El mejor ejemplo que le puedo dar a los morros de ahora que quieren ser o se creen ‘barras bravas’ es di no a la violencia por tu prójimo.

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En aquellos Cuartos de Final contra Dorados en el Ascenso de 2009, Veracruz necesitaba un gol para pasar a las semifinales. Ya en lo últimos minutos, Chipileta y Mugroso, otro de los hinchas fieles ya también muerto, subirían al enrejado para alentar desde la primera línea al equipo de sus amores. Esto ocasionaría disgusto en los policías quienes a punta de toletazos intentarían bajar a ambos, consiguiendo sólo bajar al segundo ya que Chipileta se escabulliría sobre el enrejado. La afrenta policíaca enojaría a los hinchas, quienes irían en ayuda de sus amigos mientras tanto, en la cancha, abajo, la tensión: Los Tiburones estaban descalificados, se jugaba ya el minuto 3 de compensación, y sólo necesitaban un gol para clasificar. Gracias a un riflazo que terminaría en tiro de esquina y que cobrado en el último minuto, Luis García, con el dorsal 16, anotaría de rebote para volver loco a todo el estadio. Chipileta vería el desenlace de ambos espectáculos desde la cima del enrejado, fumándose un cigarro con la tranquilidad de un capo.

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Hace unos días murió un hincha. Pero no cualquiera. Era de los que siempre estaban, como los mejores guerreros, al frente, alentando, saltando tanto en las victorias como en las humillaciones. Dicen que el olvido no cabe en la hinchada; allí, entre las decenas de cuerpos que saltan y nunca dejan de alentar, se sabe quiénes son los verdaderos hombres, y quiénes los fariseos que sólo quieren al equipo por moda.

Chipileta era de los primeros: los verdaderos. Por eso, en la noche de su muerte y de su velorio, aquel viernes 21 de Julio, sus amigos, la hinchada, sus compañeros de aventuras, le llevaron una serenata inesperada —tal como su muerte— con bombo y platillo a la funeraria San Judas Tadeo ubicada en la Fragua. Tristes fueron las melodías como triste su inesperada pérdida que se sumaba a una porra, a una hinchada que tiene por lo menos unos diez desaparecidos y un par de asesinatos de los suyos sin esclarecer.

Dos días después de su muerte, en el primer partido de la Liga, los padres de Chipileta llevaron sus cenizas al estadio donde la hinchada —y algunos colados que no estuvieron en el velorio–, los que saben del amor a los colores, los que les tienen sin cuidado la policía y las porras contrarias, le lloraron y corearon brincando a su recuerdo, representado por su camisa favorita, sus colguijos artesanales y un recipiente con forma de angelito en el que reposaban sus cenizas

—No, no se va, no se va, no se va. Chipi no se va—le cantaron, al unísono, una y otra vez aquella tarde del domingo 23 de julio. Si los nuestros nunca mueren para nosotros, por consiguiente, un hincha nunca morirá para su hinchada. Chipileta, por esa razón, Siempre estará alentando al tibucomo lo hizo cada día de su vida en esa tribuna que es el corazón de los amigos que nunca dejan de alentar.

Publicado en: https://reporterodelcrimen.wordpress.com/2017/07/27/estampas-de-la-vida-de-un-hincha/

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